Adrián bucea y aprecia la biodiversidad tanto como comérsela en un buen platillo. Disfruta del mar y lo que da. Protege la biodiversidad como si se tratara de un círculo: porque disfruta, protege, y porque protege disfruta.

“Las cosas que amas son las que vas a proteger. Ya sea porque vas a bucear o porque te lo vas a comer, pero si no lo proteges no vas a poder bucear y maravillarte, ni comer, ni a tener una experiencia. Esas son las cosas que valoro de mi vida, ir a bucear a un lugar que me encanta o ir a comer algo que me fascina y saber que estoy trabajando para tratar de mantenerlo, para mí es el círculo completo”.

Por eso, desde hace 10 años emprendió con sus propios recursos un laboratorio para implementar técnicas básicas de biología molecular que han aportado a temas de conservación y pesca sostenible a través de ciencia independiente y de calidad.

Aunque nació en la Ciudad de México, llegó muy jóven a La Paz, Baja California Sur, para estudiar la licenciatura y después la maestría en Biología Marina, donde se interesó en cuestiones genéticas y estudió el doctorado en Recursos Naturales y Pesquerías con especialidad en biología evolutiva en la Universidad de Arizona.

Al regresar a La Paz vacilaba entre la idea de incorporarse a un centro de investigación o innovar. Optó por lo segundo al ver las limitaciones que tiene la investigación en México y se dio cuenta de que había una necesidad de servicios de ciencia, que además tuviera  tiempos de ejecución más rápidos.

Su laboratorio funciona como una consultora para proyectos, principal pero no exclusivamente, en la península y el golfo de California. Se dedica a “analizar el ADN para contestar preguntas relevantes para las personas”, con múltiples aplicaciones, puede ser a pesquerías,acuacultura, cuestiones de mercado, de conservación o de investigación básica, dependiendo del proyecto, lo cual le resulta muy interesante y lleno de posibilidades.

En su laboratorio, a diferencia de los centros de investigación que se acercan a los usuarios cuando ya tienen los resultados de la investigación, colabora en proyectos que surgen de las necesidades de los usuarios para atender una problemática.

Usualmente los proyectos se enfocan en la conservación de especies o de un hábitat, como estudios para la creación de una reserva marina o de una pesquería importante, o el análisis de una bacteria asociada a organismos que afectan a especies cultivadas en la acuacultura.

“Utilizo ácidos nucleicos -las moléculas que contienen la información genética- de los organismos vivos para contestar preguntas sobre los impactos humanos que nosotros estamos teniendo a través de la pesquería, la comercialización, la destrucción de hábitat, o cosas que estamos haciendo en los ecosistemas”, explica.

En este tiempo, ha colaborado en proyectos con más de 35 organizaciones e instituciones de las cuales la mitad han sido de la sociedad civil organizada en México y el resto en Sudamérica. Otras colaboraciones han sido con universidades o centros de investigación en México y en Estados Unidos. También tienen clientes privados como  acuacultores, comercializadores y gobiernos locales.

Engaño en la mesa: sustitución de pescados

Durante el 2023, Adrián participó en numerosos proyectos. Entre los más significativos estuvo uno sobre las especies que viven en los arrecifes profundos del Golfo de California que desarrolla junto con investigadores del Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada (Cicese), donde él se encarga de analizar muestras de agua para identificar ADN de las especies que se encuentran entre los 40 y 600 metros de profundidad.

“Sin saber cómo son estamos describiendo las comunidades de los arrecifes profundos del Golfo de California. Del 80% de los registros no hay nada que se parezca en las bases de datos, quiere decir que hay muchas especies que no conocemos y que estos sistemas profundos son tan ricos o incluso más ricos en cuanto a diversidad que los sistemas someros. Entonces hay otro mundo literalmente allá abajo que conocemos muy poco”.

Otro proyecto en el que colaboró fue con la organización Comunidad y Biodiversidad (Cobi) para la identificación genética de la carnada que se está utilizando para la pesca de pulpo en la península de Yucatán, que es la pesquería económicamente más importante del sureste de México, para ver sus impactos y donde, por ejemplo, descubrieron que hay afectaciones a la pesca de crustáceos en la costa del pacífico de México, de donde se están extrayendo más de mil toneladas para transportarla y ser usada como carnada en Yucatán.

Sin embargo, el proyecto del año y por el que es más reconocido es su colaboración en Gato por Liebre, una campaña de la organización Oceana, en donde hace muestreo de pescado en restaurantes, pescaderías y supermercados para saber qué es lo que se come en México y en el que han encontrado un alto índice de sustitución.

“Es una prueba muy directa de por qué es importante conservar la biodiversidad, porque literalmente nos da alimento y nos mantiene físicamente y es algo que muchas veces no reconocemos, que la biodiversidad te la comes literalmente y que si no tienes biodiversidad entonces vas a comer otras cosas que no son tan saludables, que no tienen ciertas características o que vienen de otro lado del mundo, que traen arrastrando con ellas otro tipo de consecuencias”, alega.

Su interés inició cuando al comprar pescado sospechaba que lo que le daban no era en realidad lo que había pedido. De ahí surgió la idea de repartir kits a amistades en La Paz para que tomaran muestras de sus alimentos en los lugares donde comían habitualmente y se llevó una gran sorpresa. “El 48% de las veces que tú vas a un lugar no te están diciendo la verdad de lo que estás comiendo” y en realidad se están sirviendo especies protegidas como tiburón martillo o cazón o mantarrayas.

La idea de la campaña es que los consumidores sepan qué es lo que están consumiendo y asuman la responsabilidad de preguntar y cuestionar lo que les sirven en sus platillos, porque mientras no sepan, “‘ojos que no ven, corazón que no siente’, pero todos tenemos derecho a saber cuáles son los impactos de lo que comemos”.

“Tendríamos que estar enfocándonos en programas de manejo y en medir y en monitorear a esas poblaciones que son las que realmente nos estamos comiendo, no las que nos dicen que estamos comiendo”.

Este 2023 salieron los resultados de otras ciudades del noroeste y después los resultados de Baja California Sur donde encontraron que el promedio de sustitución era del 44% y que Los Cabos es la ciudad con el mayor índice de sustitución a nivel nacional con un 60%.  Esto se debe a que no hay suficiente pescado como cabrilla, pargo, perico o abulón, para satisfacer la demanda creciente en los restaurantes.

En total, desde 2019, Oceana ha analizado la sustitución de pescado en 10 ciudades de México donde el promedio ha sido del 44% y ha mostrado que en México se comen más de 500 especies distintas y muchas de ellas no las conocemos ni valoramos.

Desde entonces, se impulsa una norma de trazabilidad para que, según Adrián, los consumidores tengan información sobre qué están comiendo, de dónde viene y cómo fue pescado.

Nuevos paradigmas en la investigación

Su laboratorio es el ejemplo de que se puede hacer ciencia de calidad, con otro enfoque y tiempos, y eso mismo es lo que quiere transmitirle a otros jóvenes que recién empiezan en la investigación. Además le interesa reducir el retraso tecnológico que hay en México de aproximadamente 10 años y descentralizar los conocimientos de genómica, bioinformática y de todas las herramientas tecnológicas nuevas.

Con ese objetivo, Adrián abre espacio en su laboratorio para recibir a estudiantes desde licenciatura hasta postdoctorado con el fin de que desarrollen sus tesis y experimenten un modelo diferente de ciencia.

“Me interesa mostrarles a los estudiantes que existen alternativas, que pueden cubrir necesidades, contestar preguntas relevantes haciendo lo que saben y comercializándolo. Lo que quiero es acortar esos tiempos y tener gente capacitada en México que pueda asimilar las nuevas tecnologías de manera más rápida y que podamos empezar a emplear esa tecnología mucho más rápido”, explica.

También forma parte de la Red de Investigadores del Desierto Sonorense que involucra a investigadores del noroeste de México y del sureste de Estados Unidos que desde 2021  través del Foro Conciencia entrenan y capacitan a nuevas generaciones de investigadores para aumentar su incidencia y ponerlos a dialogar con actores gubernamentales y de asociaciones civiles para que puedan ampliar sus horizontes. Ya que de esa vinculación depende para él que las personas entiendan mejor los servicios que brinda la naturaleza del lugar donde viven y sus limitantes.

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