Juan Barnard se resguardó en el armario de su casa con algunas provisiones durante el paso del huracán Otis por Acapulco, Guerrero. La intensidad del fenómeno hizo que el mismo mar donde creció, aprendió a bucear y a tomar fotografías le arrebatara su hogar. Sin embargo, la catástrofe no detuvo su convicción por rescatar la vida que habita bajo el agua.

Juan cuenta que, debido a su trayectoria como biólogo, entendió que el huracán podría convertirse en devastación. Una lectura que no se difundió en su momento ya que el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos (NHC, por sus siglas en inglés) llevaba un monitoreo en el que hubo un error de predicción y negó que Otis pudiera alcanzar una categoría 5.

“Me deja marcado y por eso estoy tratando de desarrollar una red hidrográfica para tener un alertamiento temprano”, dice Barnard desde Ciudad de México, donde pasó las primeras semanas luego del paso del huracán.

La trayectoria de Juan es amplia. Desde antes de buscar alternativas para apoyar a las comunidades afectadas por Otis, ha trabajado con pescadores de Puerto Marqués para impulsar una zona de refugio pesquero que permita mantener a las especies; ha desarrollado estudios sobre el blanqueamiento de corales, así como la instalación de arrecifes artificiales; y ha hecho trabajo comunitario para la limpieza las playas de Guerrero. 

Su motivación es la certeza de dejar un mejor mundo para las siguientes generaciones.

La defensa de los corales

Desde que nació, para Juan Barnard el mar ha sido su casa. Creció en el Hotel Mirador, un ícono de Guerrero donde se encuentra el acantilado La Quebrada, famoso por sus clavadistas. Así que sus recuerdos de infancia están construidos por las personas perdiéndose en el azul del agua, los peces que se acercaban a las pozas, la pesca con cordel y su madre que le inculcó el interés por la vida más allá de la superficie.

Todo hizo que a los 13 años tomara un curso de buceo y, años más tarde, junto con un amigo buscaran la manera de diseñar una cámara subacuática. Así que, para cuando ingresó a la universidad para estudiar biología marina, ya tenía convicciones. 

“Parte de la educación que llegamos a tener es que si ibas al mar (a bucear) la primera pregunta era ‘¿y qué sacaste?’. Entonces era como una obligación, si vas al mar tienes que sacar algo y pues yo saqué una buena experiencia, saqué fotografías”, recuerda Juan, quien decidió alejarse de las actividades extractivas para sólo estudiar lo que ocurría bajo el agua.

Años más tarde serían estas fotografías las que lo llevarían a representar a México en el Campeonato Mundial de Fotografía Subacuática, así como a exposiciones en distintos lugares del país.

Al salir de la universidad, Juan se mudó a Zihuatanejo, al noroeste de Acapulco, donde comenzó una operación de buceo en la que documentó los impactos que generan las anclas de las embarcaciones en los arrecifes. Un proyecto que llevaría a la siembra de corales y al desarrollo de arrecifes artificiales, los cuales sirven de hogar para diferentes especies de flora y fauna submarina.

En el último año, Barnard se ha enfocado en documentar el avance del blanqueamiento masivo de corales en el Pacífico, un fenómeno que implica la pérdida de color de estos organismos debido al aumento de la temperatura del mar. 

“Lo que estamos viviendo ahora me dejó de enseñanza que la vulnerabilidad de estos ecosistemas va de la mano con los efectos antropogénicos que nosotros hemos causado. No hemos sido capaces como seres humanos de evitar que siga subiendo la temperatura (de los océanos)”, apunta.

El mar, un refugio

Cuando a Juan Barnard se le pregunta sobre sus principales aprendizajes a lo largo de su trayectoria, su respuesta es la empatía. En los últimos años ha tenido acercamientos con cooperativas pesqueras, principalmente de Puerto Marqués, para trabajar en establecer pilotos de zonas de refugio que hagan frente a la sobreexplotación pesquera sin que los pescadores pierdan su trabajo a través de zonas en las que, parcialmente, no se capturará para ayudar a la recuperación.

Sin embargo, ser aceptado por los pescadores ha sido un trabajo complicado. Ya que en varios casos no existe un enfoque de conservación hacia las especies que generan alimento e ingresos, pero esto ha ido cambiando poco a poco por el trabajo que desarrollan junto con el buzo.

“Entienden que cuidar las especies vale la pena, que cuidar que no saquemos de cierto tamaño vale la pena, que evitar que otros saquen el producto vale la pena”, dice Barnard.

Aunque las afectaciones por el huracán Otis han modificado la vida de las comunidades pesqueras de Guerrero, el buzo no desiste en tratar de reproducir organismos como los bivalvos para contribuir a la seguridad alimentaria a futuro. Para él, si se obtiene algo del mar, deberían de buscarse alternativas para su recuperación, es por esto que plantea ampliar los pilotos que ya realiza en Puerto Marqués.

“Si es posible trabajar con alguna cooperativa donde ellos (los pescadores) puedan salir beneficiados y podamos replicarlo de una manera organizada y sistematizada para que no esperen que todo lo tiene que dar el gobierno”, explica.

El futuro

Entre las múltiples historias de trabajos con el mar que ha hecho Juan Barnard durante más de 40 años, la motivación para no desistir de la lucha ambiental ha sido conservar la vida de los mares para las siguientes generaciones.

“Yo estoy en la primera línea debajo del agua, estoy en la primera línea hacia arriba y estoy en la primera línea para hacer cualquier tipo de trabajo donde pueda conservar los ecosistemas”, señala Barnard.

Además, como parte de su preparación se encuentra estudiando un doctorado en Ciencias Ambientales. Su interés es seguir capacitándose para comunicar desde la ciencia y no hacer “meras suposiciones ni hablar de mitos”, ya sea con públicos jóvenes o con personas especializadas en distintos temas marinos. 

Para Juan Barnard, el mar lo es todo. Desde el recuerdo de su infancia en el que su mamá le enseñó a pescar y le mostraba los peces que llegaban a las pozas, hasta el imponente lugar donde nace la vida y las tormentas pueden convertirse en huracanes. 

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