Las toneladas de camarón que se capturan en Las Arenitas ubicada en la Bahía Altata-Pabellón en Culiacán, Sinaloa, son procesadas para darles un valor agregado. Principalmente, les quitan las cabezas y son tiradas en montículos por los manglares y playas generando daños ambientales.

Donde la mayoría ve basura, Celia Acosta ve un gran potencial que está siendo desperdiciado por la industria pesquera. “La pesca sostenible es aprovechar al máximo lo que se saque del mar. Aprovechar al 100% si es posible”, dice.

Su plan es recolectar las cabezas de camarón de las cooperativas, evitar que sean tiradas, y aprovechar que son una fuente rica en proteína y aminoácidos para convertirlas en harina y en una fuente de empleo para su comunidad.

Con su proyecto pretende aplicar lo que ha aprendido en los múltiples talleres de fortalecimiento, de regulación pesquera y hasta inteligencia emocional y liderazgo que ha tomado desde 2010 con la organización Environmental Defense Found (EDF) México.

De estos surgió la creación y formalización de la Cooperativa Binapas, como un proyecto personal, cuyo principal objetivo  es la recuperación de la cabeza de camarón y atacar dos problemas: la falta de empleo y la contaminación por desechos de este marisco.

En Las Arenitas las personas están migrando y dejando la pesca y la comunidad misma. “La gente se va de los campos pesqueros porque no ven alternativas económicas ni sociales para tener una vida digna”, dice preocupada Celia.

Ella pertenece a la tercera generación de una familia de pescadores y reconoce que los integrantes de su familia dedicados a la pesca están en peligro de extinción debido a que ya no es una actividad redituable. Algunos de sus hermanos continúan en la actividad pero de la generación de sus sobrinos la mayoría se fueron del campo pesquero e hicieron vida como profesionistas. 

La Cooperativa Binapas actualmente involucra a seis familiares, por lo que la considera una empresa familiar local y como un proyecto piloto que si funciona, lo hará crecer fuera de Las Arenitas.

Antes de la pandemia, Celia logró formalizar la cooperativa y la ha sostenido con mucho esfuerzo pese a que atravesó una pandemia por Coronavirus en 2020 que confinó a toda la población y paralizó su proyecto de harina con cabeza de camarón. Sin embargo, este 2023 lo retomó con fuerzas renovadas y se ha dedicado a la búsqueda de financiamiento para que crezca.

Mujeres creando sinergias

Desde los primeros talleres que tomó sobre sostenibilidad, Celia conoció a Janeth, fundadora de la cooperativa Almejeras de Santa Cruz en Sinaloa y a Miriam, integrante de la Sociedad Cooperativa Trabajadoras del Golfo ubicada en Sonora, y con el tiempo emprendieron la iniciativa virtual Trazando el Rumbo de la Pesca que lleva tres años siendo una red de comunicación para pescadores, que principalmente  realiza transmisiones en vivo donde invitan a pescadores, organizaciones de la sociedad civil, personas de la academia para visibilizar casos exitosos de pesca sustentable. 

Ella se encarga de darle seguimiento vía correo electrónico a quienes invitan a participar en las transmisiones en vivo, enviar invitaciones para las videollamadas y las agendas, hacer los enlaces y administrar los recursos que ingresan como donaciones para que las cuentas de la agrupación sean transparentes y ordenadas.

Lo suyo es la logística y la administración. “Yo nada más soy la mano que mece la cuna, soy una persona a la que no le gusta aparecer”, comenta.  Sin embargo su función, como la de las demás, es crucial para el sostenimiento de la iniciativa.

Para 2027 tiene la meta de consolidarse como una organización de la sociedad civil y ayudar a otras iniciativas que quieran una mejor vida económica, social y ambiental y para lograrlo trabajan arduamente. Es su forma de retribuir todo lo que han recibido.

“Así como a nosotros nos han echado la mano diferentes organizaciones nosotros también queremos hacerlo. Tenemos que hacer más casos de éxito en las comunidades pesqueras y si hay un problema, ver la solución”, señala.

También formaron una red con cuatro cooperativas lideradas por mujeres que se dedican a promover la equidad de género en el mar.

“Yo no estoy dentro del mar pero sé las carencias que las mujeres sufren como pescadoras tanto quienes están dentro del mar, como toda la red de la elaboración de los productos. No tienen seguridad social, no tienen un respaldo, no hay seguridad. Salen a trabajar y si ellas se lastiman no tienen las mismas oportunidades que un varón que tiene seguridad social por medio de las cooperativas. Por eso ellas se integraron como cooperativas y se formalizaron para trabajar en cubrir esos derechos humanos”, explica Celia.

Para ella es importante que las mujeres se acerquen a quienes tienen proyectos y se incluyan para unir esfuerzos y que las propias mujeres se hagan conscientes de su contribución a la pesca en el descabezado, separado, desviscerado de productos pesqueros y hagan visibles que no son sólo “amas de casa”, frente a las encuestas de ocupación y empleo, para que se haga visible las aportaciones de las mujeres a esta actividad.

Las múltiples jornadas

Cuando se le pregunta si se dedica a tiempo completo a su cooperativa o lo hace en su tiempo libre, Celia se empieza a reír, responde “no hay tiempo libre” y cuenta sus múltiples jornadas.

A las cinco de la mañana se despierta para atender a sus tres hijos, uno de nueve y una de doce que lleva a la escuela, y una de 20 que tiene una discapacidad y está bajo el cuidado de su familia que la apoya para que ella ejerza como comerciante y atienda su propia tienda de abarrotes y administre una tortillería. 

A partir de las tres de la tarde, cuando pasa la hora de la comida hay un pequeña tregua en los negocios que le permite atender pendientes de su cooperativa, del proyecto de harina con cabeza de camarón y de Trazando el Rumbo de la Pesca que son interrumpidas por uno que otro cliente o algún incidente en la tortillería que requiere su atención.

Después de su jornada como comerciante que termina con el regreso de sus hijos de la escuela a las cinco de la tarde continúa la jornada de cuidados y de labores domésticas: cocinar, lavar, ayudar con las tareas de la escuela, avanzar en la comida del día siguiente.

Ausentarse de sus múltiples jornadas es toda una odisea y su principal obstáculo es el tiempo. Debido a que por vivir en una comunidad pesquera, para cualquier trámite de su cooperativa debe trasladarse a Culiacán, la ciudad capital donde están las oficinas centrales de todas las instituciones gubernamentales, a dos horas de su comunidad. 

“Tengo que hacer la bitácora del día para dejar aquí ya listo quién se va a quedar y qué va a hacer para irme y arreglar allá. Pero de todos modos me están hablando. Sí estoy allá pero estoy acá también al pendiente”, dice. Para ella la desconexión es imposible.

Trasladándose a sus recuerdos, Celia revive una escena que le dolió mucho y a la que le atribuye el involucramiento con la pesca sostenible pese a los obstáculos. Ella tenía ocho años y la enviaron a recoger el pago de su padre y hermanos a las oficinas de la cooperativa. Por curiosidad, antes de llegar a entregarlo a casa lo abrió y vio una moneda de cinco pesos que la llenó de indignación.

“Cómo es posible que yo veo que salen mis hermanos y mis papás a las 5 de la mañana todos los días se van temprano y… ¿y qué? Me quedé en shock. Desde ahí yo visualicé que algo estaba mal porque yo los veía trabajar mucho y como dicen, al que le duele le duele”.

De ahí sus fuerzas para ver el potencial de transformar el dolor y el desperdicio en oportunidad y vidas dignas en su comunidad.

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